La administración de Donald Trump ha dado un giro visual a una de las herramientas más reconocibles de la educación nutricional: la pirámide alimentaria. El gobierno estadounidense ha presentado una nueva pirámide invertida, integrada en sus pautas alimentarias actualizadas, con menos grupos de alimentos y un discurso alineado con la agenda “Make America Healthy Again” (MAHA) impulsada desde el Departamento de Salud.
La nueva propuesta reduce la estructura clásica de seis secciones a solo tres grandes bloques
La nueva propuesta, desarrollada por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, reduce la estructura clásica de seis secciones a solo tres grandes bloques: proteínas, lácteos y grasas saludables; frutas y verduras; y cereales integrales. Los alimentos ultraprocesados y los dulces desaparecen del gráfico, mientras que los cereales -históricamente la base de la pirámide- pasan a ocupar el espacio más pequeño.
El rediseño responde a una visión defendida desde hace años por el secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., quien apoyó públicamente el cambio afirmando que la pirámide “ya estaba patas arriba” y que esta versión simplemente “lo arregla”. La nueva guía promueve el consumo de alimentos naturales, integrales o mínimamente procesados, incrementa la recomendación de proteínas y lácteos enteros y elimina referencias cuantitativas claras sobre el consumo de alcohol, limitándose a sugerir “beber menos”.
Más allá del contenido nutricional, el cambio resulta especialmente relevante desde el punto de vista del diseño y la comunicación pública. El nuevo portal oficial, realfood.gov, adopta una estética minimalista claramente inspirada en marcas de consumo saludable como Chobani o Sweetgreen: tipografías de palo seco, espacios en blanco e ilustraciones de estilo retro que evocan publicaciones de alimentación de los años setenta.
El resultado es una pieza visualmente atractiva, aunque algunos expertos en nutrición ya han señalado algunas limitaciones como herramienta pedagógica. La pirámide no indica con claridad proporciones, cantidades ni raciones recomendadas. La colocación de los alimentos dentro del gráfico resulta ambigua y obliga al usuario a interactuar con la web para obtener información adicional. Incluso los cálculos básicos, como el consumo recomendado de proteínas, requieren que el usuario convierta su peso a kilogramos, una barrera para buena parte de la población estadounidense.
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No es la primera vez que el gobierno de EEUU intenta mejorar la claridad de sus guías alimentarias a través del diseño. En 2005 se introdujo una pirámide segmentada verticalmente; en 2011 se abandonó por completo el formato piramidal para dar paso a MyPlate, un gráfico circular que representaba las proporciones de un plato. La versión de 2026 recupera la pirámide, pero lo hace como símbolo ideológico y visual, más que como diagrama didáctico preciso.

La nueva pirámide llega, además, en un contexto político sensible, apenas días después de que el Departamento de Salud redujera el número de vacunas recomendadas para niños, una decisión que ha generado inquietud en la comunidad médica. En este marco, el rediseño alimentario se interpreta como una toma de posición cultural y política, actuando como vehículo narrativo.
Según el propio gobierno, estas guías no pretenden ser una dieta estricta, sino “un marco flexible destinado a orientar mejores elecciones”. Pero la nueva pirámide plantea una pregunta abierta: ¿puede el diseño compensar la falta de claridad cuando se trata de comunicar salud pública?