Muchos usuarios se sienten saturados del entorno digital. Con los algoritmos creando bucles viciosos de satisfacción instantánea y la inteligencia artificial generando contenido basura, el uso de redes sociales y plataformas digitales se ha convertido en una experiencia frustrante y poco agradable. Es por eso que cada vez más personas, especialmente jóvenes, buscan experiencias físicas que les brinden mayor autenticidad y conexión emocional, lo que está derivando en la recuperación de algunos medios y canales de comunicación tradicional, como el correo postal.
La revitalización del correo postal por parte de la generación Z está adoptando la forma de los denominados “mail clubs”, o clubes de correo, y que recurren a la tradicional fórmula de las cartas para conectar a usuarios y artistas. Éstos ofrecen su arte, ya sea en forma de pegatinas, ilustraciones, poemas, fotos o recetas, de forma mensual y los usuarios, gracias a una suscripción mensual, reciben el material de forma personalizada directamente en sus casas.
Los mail club, que se han popularizado a nivel global en los últimos meses, ofrecen beneficios para ambas partes. El artista encuentra una vía para monetizar su trabajo y crea una comunidad con la que se relaciona de manera casi directa; mientras que los usuarios pueden acceder a una experiencia artística tangible, desarrollar la pertenencia a un grupo y apoyar económicamente a artistas independientes.
Quienes forman parte de alguno de estos clubes de correo postal, ya sean artistas o usuarios, suelen ser mujeres jóvenes con inclinaciones artísticas. Comparten que su interés por este tipo de iniciativas les aporta un pasatiempo alejado de las pantallas electrónicas, la posibilidad de conocer y conectar con gente, y una oportunidad para la introspección, el descanso mental y el desarrollo emocional.
Además, la suscripción a estos clubes capitaliza el factor sorpresa, puesto que los usuarios desconocen el contenido de cada entrega. El modelo emula al fenómeno de las “mystery bags” o “blindboxes", que desde hace años juega con el factor sorpresa y la intriga, y se basa en la adquisición de paquetes que contienen productos desconocidos.
Y es que los mecanismos que articulan los mail clubs no son nuevos, puestos que las relaciones epistolares tienen un recorrido centenario. Tampoco es innovador el sistema de monetización, puesto que el modelo de suscripción es que actualmente articula miles de negocios, incluidos los de grandes compañías tecnológicas como Netflix o Spotify. Del mismo modo, tampoco lo es el apoyo económico a particulares, ya que sistemas como Substack o Patreon lo facilitan en el entorno digital desde hace años.
La novedad, en este caso, se encuentra más bien en quienes están alimentando la tendencia y porqué. Son usuarios jóvenes que, cansados de las interacciones digitales, apuestan por los medios tradicionales para encontrar experiencias y conexiones más significativas. Estos clubes ofrecen algo que se siente intencional y humano en un mundo que tiende cada vez más a lo efímero y lo desechable.
La temática de los mail clubs es amplia y diversa: desde autores que comparten historias inspiradas en la edad media, o que reinterpretan escenas de películas recurriendo a la técnica de la acuarela, hasta recetas ilustradas. Algunos, como el que organiza la usuaria maurapaintsfood en torno a ilustraciones culinarias, acumulan más de 4.000 suscriptores.
Los mail clubs suponen un negocio en sí mismo. Aunque hay quien podría argumentar que suponen una estrategia para enriquecerse rápidamente, lo cierto es que este tipo de iniciativas implican la creación y envío de cientos de paquetes pequeños y, por tanto, supone un ejercicio de producción y gestión eficaz. La usuaria drawnbyshona compartía en uno de sus vídeos recientes que se había gastado 3.500 dólares solo en sellos para hacer llegar sus cartas a todos sus suscriptores, muchos de ellos internacionales.
Y como ocurriría en cualquier categoría, la competencia es cada vez mayor y se forja ya un debate en torno a los artistas que cobran menos de lo que deberían, y por tanto, desequilibran el mercado y devalúan los esfuerzos de los demás, que luchan por igualar el precio y el volumen de producción. En algunos de los vídeos que se pueden encontrar en redes sociales, se puede observar cómo los precios de las suscripciones son amplios: 7, 9 u 11 euros son algunos de los que hemos podido ver a la hora de escribir este artículo.
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Estos clubes de correo postal son una nueva muestra de cómo los usuarios buscan experiencias presenciales y emocionalmente relevantes, y conexiones auténticas con otros individuos para alejarse de un ecosistema digital que, para muchos, ha fallado en su promesa de acercar a las personas.