OpenAI responde a Muse con Dots: los agentes de IA se visten de personajes adorables mientras ganan autonomía

  • OpenAI presenta asistentes permanentes capaces de trabajar en segundo plano usando su propio ordenador en la nube
  • Dots y Muse comparten una representación amable y personalizable que acerca una tecnología aún con ciertos riesgos
Los personajes de Dots junto a Muse
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La próxima gran batalla de la inteligencia artificial parece estar trasladándose de los chatbots a los agentes. Y, curiosamente, dos de las compañías que están protagonizando ese movimiento han decidido ponerles una cara especialmente amable.

OpenAI presentó el 29 de septiembre Dots, sus nuevos agentes de inteligencia artificial permanentes, capaces de seguir trabajando en segundo plano para el usuario. La propuesta llega apenas unas semanas después del lanzamiento de Muse, el agente personal de Meta, y las similitudes van más allá de sus capacidades: ambos recurren a pequeños avatares personalizables, de formas redondeadas y aspecto tierno, para representar una tecnología que aspira a asumir cada vez más tareas de la vida digital.  

La decisión visual resulta significativa por el momento en que llega. Hasta ahora, buena parte de la inteligencia artificial se había comunicado como una interfaz: una caja de texto, un cursor o una voz. Con los agentes, la tecnología empieza a presentarse como una entidad que trabaja para el usuario, aprende de sus preferencias, recuerda contexto, escribe para pedir información y permanece activa aunque no se esté interactuando con ella.

La IA adquiere nombre, cara, personalidad y una presencia más cercana a la de un pequeño acompañante digital

El giro está acompañado, por tanto, de un cambio de lenguaje según el cual la IA adquiere nombre, cara, personalidad y una presencia más cercana a la de un pequeño acompañante digital.

Dots: una IA que sigue trabajando cuando el usuario se marcha

OpenAI describe Dots como agentes “always-on”, es decir, permanentemente disponibles y capaces de continuar avanzando en trabajos entre conversaciones. Cada Dot dispone de su propio ordenador en la nube y navegador, puede utilizar herramientas conectadas y está impulsado por GPT-6 Astra.  

La compañía asegura que pueden operar con más de 4.000 aplicaciones compatibles. El usuario puede comunicarse con ellos mediante una interfaz similar a la mensajería, pero también por voz desde ChatGPT y a través de servicios como Slack o Microsoft Teams, manteniendo el contexto entre distintas sesiones y dispositivos.  

La diferencia respecto al uso convencional de un chatbot está precisamente en la continuidad y la capacidad de acción. El usuario establece un objetivo, conecta las aplicaciones necesarias y determina qué puede hacer el agente por su cuenta. A partir de ahí, el Dot continúa trabajando y envía actualizaciones o preguntas cuando las necesita. OpenAI señala además que cada agente incorpora controles de permisos y mecanismos de revisión de sus acciones.  

Colin Fleming, Chief Marketing Officer Business de OpenAI, ha explicado en redes sociales que su propio Dot se llama Spot y ha destacado precisamente la capacidad del sistema para entender progresivamente qué intenta conseguir el usuario sin que tenga que explicarle cada uno de los pasos.
Inicialmente solo se puede crear un Dot, aunque OpenAI prevé permitir que una misma persona pueda desplegar varios agentes simultáneamente. Dots comienza su despliegue entre usuarios de pago y organizaciones elegibles.  

OpenAI y Meta ponen cara a sus agentes

La presentación de Dots recuerda inevitablemente a Muse. Meta lanzó su agente a principios de septiembre con una promesa similar: pasar de una inteligencia artificial que contesta a otra que ejecuta tareas en representación de una persona. Muse cuenta también con un ordenador virtual dedicado y navegador propio, aprende de las conversaciones y puede trabajar de manera continuada sobre objetivos del usuario.  

En Reason.Why ya analizamos entonces una decisión especialmente interesante desde el punto de vista de marca: Meta había asociado Muse a un pequeño personaje mullido y amable que comenzó a aparecer también en la comunicación de sus partners. PayPal, Expedia o Fever lo utilizaron para explicar visualmente sus respectivas integraciones con el agente.

 

 

 

OpenAI ha seguido ahora un camino comparable. Sus Dots también se representan mediante pequeños personajes personalizables y coloridos. La tecnología que opera aplicaciones, navega por internet y utiliza un ordenador remoto queda encarnada así en una criatura de aspecto inofensivo.

La coincidencia apunta a la construcción de un nuevo código visual alrededor de la IA agéntica. Cuanto más compleja y autónoma se vuelve la tecnología, más sencilla, cercana y reconocible parece hacerse su representación.
Y es que poner cara y nombre a un sistema facilita explicar algo que de otra manera permanece invisible. En lugar de pensar en modelos, conexiones entre aplicaciones, navegadores virtuales o permisos, el usuario puede pensar que su pequeño agente está “haciendo algo por él”.

Esa personificación también puede modificar la percepción de la relación con la tecnología. Muse permite personalizar el avatar y la manera de comunicarse con él, y Meta ha anunciado incluso conversaciones mediante vídeo con esos avatares. OpenAI plantea igualmente Dots como agentes que llegan a conocer lo que importa al usuario y trabajan continuamente en su nombre.  

Es una evolución relevante desde el punto de vista del diseño de producto y de marca. El software deja progresivamente de presentarse como una herramienta que espera instrucciones para adoptar características tradicionalmente asociadas a una relación interpersonal: tiene un nombre, recuerda, pregunta, propone, avisa y desarrolla una personalidad visual propia.

La apariencia amable convive con una cuestión menos inocente: qué ocurre cuando estos sistemas se equivocan

Meta está llevando además Muse hacia las gafas inteligentes, lo que permitirá interactuar con el agente durante el día y consultar sobre aquello que el usuario está viendo. Al mismo tiempo, acaba de presentar Muse for Small Business, que puede conectarse con herramientas de trabajo y cuentas empresariales para ejecutar tareas relacionadas con la gestión de un negocio.  

OpenAI y Meta están construyendo así agentes con una presencia cada vez más constante y, al mismo tiempo, dotándolos de códigos visuales que los hacen parecer más accesibles, de forma que la apariencia amable convive con una cuestión mucho menos inocente: qué ocurre cuando estos sistemas se equivocan mientras actúan en nombre del usuario.

Muse ha ofrecido ya un ejemplo especialmente ilustrativo. El creador tecnológico Matt Robb denunció que el agente había compartido su dirección particular con un desconocido durante una interacción en Facebook Marketplace. Robb había facilitado previamente al agente su dirección y determinados permisos para gestionar las conversaciones, pero aseguró que no le había ordenado compartirla ni recibió una solicitud específica de autorización antes de hacerlo. La persona terminó presentándose en su domicilio.  

El caso también evidencia la dificultad de diseñar permisos comprensibles para agentes capaces de encadenar acciones. Según la información publicada posteriormente, Meta trabaja en cambios para hacer más clara esa configuración.  

Muse ha afrontado además otras cuestiones relacionadas con la seguridad durante sus primeras semanas. Investigadores lograron acceder con facilidad a amplias partes del sistema de archivos de su máquina virtual; Meta señaló que se trataba de un entorno aislado y que la exposición de esos archivos no proporcionaba acceso a la infraestructura de la compañía ni a datos de otros usuarios.  

Estos episodios ponen de relieve una tensión que, probablemente, cobrará importancia conforme avance esta categoría. Y quizá a través del diseño se alcance la confianza emocional que tiene que transmitir la interfaz y la confianza técnica que realmente requiere delegar acciones en un agente.

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